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SOBRE LA MUTACIÓN DE LOS OBJETOS, LUGARES Y SIGNIFICADOS

Coté fue mi padrino, y su vida estaba llena de viajes, cotidianeidades en otros continentes, culturas diferentes, lenguajes que me parecían extraños. Lo veía poco, pero lo llevaba siempre conmigo, en mis pensamientos, en las historias que mis padres narraban y en mis manos. Al nacer, me regaló un collar con un pequeño corazón que colgaba. Y yo cargué con él desde ese día, sosteniéndolo con mi puño cada vez que sentía pena, miedo o incertidumbre. Ahí me cobijaba. La curiosidad que me daba la vida de mi padrino llena de viajes, junto a la constante distancia de su cuerpo en la tierra que me criaba a mí, me exaltaba mucho. A veces cogía el corazón en mis manos y me imaginaba viajando a las ciudades que él pisaba, arriba de un avión, a través del atlántico. A veces sentía, al tomar el corazón, que podía escuchar mi pálpito gracias al objeto. Representaba la distancia, representaba la posibilidad de irse. La certidumbre de que habían otras tierras, de que el tiempo pasaba en diferentes estados y de que existía también un lugar al cuál volver: la tierra propia a la cuál se retorna. Pero, por otro lado, representaba también la sensación de pequeñez. Y yo, con mi corazón miniatura en mis manos, añoraba el día en que éste fuese grande y me llevase también a mis propias aventuras. Entonces el corazón en mi mano, cuya carga simbólica era el amor, hacía que para mí se asociase a una aventura. La aventura del irse y del volver, de las distancias, del viaje, del extranjero y la libertad. 


A los veinte años rompí con mi pareja y sentí por primera vez el desamor haciéndome huecos. Agrietándolos o quizás, volviéndolos visible. El desamor provocó una profunda desconexión de mi misma con mi cuerpo. Se me hizo ajeno, impropio, obtuso. Como si las texturas ya no me hiciesen sentido. Un caminar fuera de órbita y un estar, quieto. Fue ahí cuando me hice mis primeras preguntas sobre el deseo y la falta. Qué significaba la pérdida de alguien, del deseo, de mí misma, como una cadena eterna de significantes que concluían en la distancia. Se hizo distante el lenguaje que nos unía, el lenguaje que hacía ficción de lo que creía que éramos. Se distanció un cuerpo de mi cuerpo y por tanto yo, de mi misma. Se distanció la tierra que pisaba, como si ésta ya no resultara tener el mismo peso, la misma tozudez. Durante esos días en los que vivía aquella pérdida, me gustaba caminar y llenarme de ideas que funcionaran como sostén transitorio de mi identidad. Algunas de aquellas ideas hoy ya no son transitorias y me pertenecen. Creo que así construímos ciertas lógicas de nosotrxs, a partir de los momentos en que tenemos que escarbar nuestra salida a tierra, o en mi caso, bajada. 


En Santiago hay una plaza llamada Plaza Baquedano, conocida como Plaza Italia, lugar principal ubicado en el centro imaginario de la metrópolis. Su nombre fue re-fundado por las personas,  hace algunos años, tras el “Estallido Social” que aconteció el 19 de octubre del 2018. Se hizo acuerdo común de llamarle Plaza Dignidad, pues ahí acontecieron hechos de violencia policial y militar contra las personas que se manifestaban por condiciones mínimas de salud y educación. La plaza tiene al centro una gran estatua, del General Baquedano, quien participó en la Guerra del Pacífico, conflicto bélico que sucedió durante los años 1879 y 1884. Dicho monumento, al centro de la plaza, fue uno de los principales blancos de los manifestantes durante La Revuelta, tanto así, que eventualmente fue removido de su lugar y hace algunos meses se anunció que no volvería a la plaza. En La Revuelta de Octubre, una de las principales características en cuanto a la performatividad de la manifestación, tuvo que ver con la destrucción de muchas estatuas y monumentos que ya no representaban al pueblo. Figuras simbólicas ubicadas en lugares estratégicos de la ciudad representando al colono, al militar, al hombre blanco, al poder. Las personas que veían el conflicto desde sus sillones a través de la televisión, solían estar totalmente en contra de esto, totalmente indignados y absortos en la rabia que les generaba los actos de vandalismo de los jóvenes. Y mientras las personas observaban el conflicto televisado y sentían rabia, los jóvenes manifestaban su rabia frente a la injusticia social en las calles y  eran baleados por la policía que intentaba desesperadamente contenerlos. 


La plaza representa un punto histórico en la historia de Chile, tanto pasada, como presente. Se gesta ahí una constante tensión que hace aparecer al disenso y convoca a las personas a reunirse buscando una causa común. Es donde las imágenes representativas, rígidas y fijas de aquello que nombramos como “humanidad”, se cuestionan y desmoronan. Es decir, hace del disenso algo material, que emerge en colectividad, que aparece como masa. Es ahí donde suceden todas las marchas, manifestaciones, aglomeraciones, celebraciones. Dicha plaza la he pisado muchas veces, en diferentes manifestaciones feministas, por la educación, por la salud y estuve ahí durante las primeras tres semanas de La Revuelta. Y es ahí, también, donde me encontraba ese día en el cual me rompieron el corazón. Sentada en una banca en el parque, de frente con mi cuerpo mirando la estatua de Baquedano y mis ojos leyendo un libro de poemas de Elvira Hernandez. Como decía, durante ese tiempo, frente a la rotura hubo una separación de mi misma con mi carne. No sentía el peso de mi cuerpo, mis manos habían perdido su agilidad, mi atención flotaba. El dolor me había escondido a mí, dentro mío. 


En ese contexto, un hombre mayor se me acercó. Yo alcé mi vista del libro y ví como violentamente tomó mi hombro, miró fijo a mis ojos y arrancó el collar de mi cuello. En un segundo empezó a correr y su silueta desapareció entre los autos, las micros y la rotonda eclipsada por el monumento del hombre que participó en la Guerra del Pacífico. Nunca había sentido mi cuello sin la carga del corazón que llevaba puesto desde el nacimiento. El peso de mi cuerpo cambió inmediatamente. La sensación de ausencia me despertó. Si antes no sentía que poseía un cuerpo, tras el robo de mi corazón se me apareció intensamente. Con otra forma, con otra solidez o blandura. Pero, al menos, sentía la presencia de mi carne. Y no solo eso, sino la gracia y risa que me dio aquella sincronía: perder el corazón dos veces. 


Me arrancaron el corazón en la Plaza que sería refundada luego como dignidad, y hoy pienso que no podría haber mejor lugar para perder un amor. En el espacio colectivo de luchas, en donde la política se materializa y aparece, a través del reclamo y disenso, potenciando una tensión posible que permite un cambio. El corazón que llevaba de pequeña representaba el ideal de un amor aventurero cuya realidad se cristaliza al momento de perder algo. Y en esa pérdida, se abren otras cosas. El corazón hoy representa algo diferente de lo que representaba para mí en su orígen. Y su ausencia no significa que no lo llevo conmigo. Reúne la idea del cambio y la materialidad, no es uno sin lo otro. Somos cuerpos que mutan, se transforman y reaparecen constantemente en nuevas formas. Así como los objetos, el cuerpo y los lugares se hacen historia, pero sin la pretensión de que se fije el contenido que las construye. Historias que permanecen a pesar de que aquél objeto que las narraba ya no esté. Historias que se crean y re-crean a partir de la falta de indicios que cierren las narraciones. Porque cuando hay ausencia -distancia, disenso- hay espacio para algo más.


Cuando migré a Europa, mis amigas me regalaron -a modo de despedida- un collar con un pequeño corazón para reemplazar aquél que perdí. Sin embargo, al comprarlo, no notaron que el otro lado del corazón, éste tenía una trizadura. Solo lo vieron al momento de entregármelo, cuando lo puse alrededor de mi cuello. Me miraron con ojos de sorpresa, alguna se rió, otra se quejó. Yo, al ver que el corazón nuevo que tenía en mi pecho estaba partido me alegré. Y es que, era imposible reemplazar el original. Había que convivir con su ausencia. No quería pedirme reconstruir esa historia, ni siquiera continuarla desde el mismo lugar. Tenía que ser un corazón roto aquél que me trajera a mi viaje, a la aventura que estaba comenzando. 


Los objetos cambian, se deterioran, envejecen con el cuerpo. 


Justo antes de venirme, viví la pérdida de la segunda persona que amé. Y viajé en el avión con el pequeño corazón roto en mi mano, pensando qué habrá pasado con el primero, quién lo tendrá puesto hoy, a quien le apaciguará la incertidumbre. 


Intentamos rellenar espacios con nuevas materias en vez de acoger el hueco, tomarlo como síntoma y hacerlo hervir hasta que estalle. Solo ahí, me parece, hay posibilidad de cambios.

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