top of page

Subscríbete aquí

¿Te gustaría participar? Envíanos tu texto aquí

La derrota siempre es breve

Por Pamela Merrill Silva y el equipo de REDPSICOFEM


Estamos en duelo. No solo por un resultado electoral, sino por la constatación cruda de algo que ya sabíamos, pero que duele ver tan nítido: el miedo ganó. O, mejor dicho, ganó un proyecto político que lleva años sembrando miedo y extrayendo de ahí su capital más preciado.


Los recientes gobiernos y discursos de extrema derecha han insistido en una idea de desarrollo avasallador: crecimiento a cualquier costo, inversión sin límites, seguridad entendida como represión, valorización económica más allá de lo que signifique: explotación de unos frente a otros, arremetida ecológica, precarización, agotamiento de nuestros recursos naturales y tierra. Con la gran promesa de que, si a quienes tienen más les va mejor, algo “chorreará” para el resto.


Ese chorro hace rato se desmitificó. No chorrea. No alcanza. No llega.


Aún así, muchas personas siguen votando por ese proyecto sabiendo –porque lo viven en carne propia, en el barrio, en la consulta de salud mental, en la escuela pública– que la promesa no se cumple. ¿Por qué? Porque, en el fondo, no se trata solo de creer o no creer en la teoría del chorreo. Se trata de otra cosa: de los valores neoliberales insertados en nuestro diario vivir. De proteger lo propio. La casa. La propia familia. No lo demonizo, no es culpa del individuo, es un correlato colectivo que se ha filtrado hasta nuestro inconsciente.


El individualismo, que lleva décadas instalándose en el tejido social, hoy arremete con más fuerza a nivel psíquico. No es solo una ideología; es una forma de sentir. Es el miedo convertido en criterio de decisión política. Y no solo en Chile, sino que en el mundo. 


El régimen inconsciente colonial-capitalista – como diría Suelly Rolnik– es el efecto de una fábrica de subjetividad que produce sujetos aislados, competitivos, aterrados de cualquier forma de pérdida, y que por ello terminan defendiendo proyectos políticos que perjudican incluso las vidas que dicen cuidar.  Es el efecto de un inconsciente colonizado y neoliberalizado que habita nuestros deseos, miedos y fantasías.


El duelo para mi en estas elecciones se trata de haber perdido contra este inconsciente. Sobre todo perder contra aquellos que, desde espacios que supuestamente cuidan, acompañan o sostienen, también terminan apuntalando este proyecto.


¿Cuántos psicólogos y psicólogas habrán escuchado a sus pacientes relatar episodios de violencia de género y aun así habrán votado por opciones políticas que relativizan, minimizan o directamente niegan esa violencia?


¿Cuántos profesionales de la salud mental habrán escuchado ataques homofóbicos en sus consultas, habrán visto el daño profundo que dejan, y de todos modos habrán votado por proyectos que alimentan la LGBTIQ+fobia con discursos de “orden” y “valores tradicionales”?


¿Cuántos terapeutas saben que la desigualdad social y la pobreza son causas estructurales del malestar psíquico, y aún así eligieron opciones que profundizan la precariedad y la exclusión?


¿Cuántas personas sufrieron mirando imágenes del devastador genocidio en Gaza, salieron a defenderlo y luego votaron por un candidato que ha cultivado estrechos vínculos con la derecha sionista y ha respaldado la posición del gobierno israelí frente al pueblo palestino?


Bajo el lema de “no es tan grave” o “no les van a quitar los derechos” o “no se puede retroceder lo ya obtenido”, nosotras, las feministas recordamos – porque lo vivimos en carne propia– lo que dijo Simone de Beauvoir: 


"No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida".  

Y no se trata solamente  de lo visible. Un gobierno de extrema derecha, con discursos contra la comunidad LGBTQI+, antifeministas, misóginos y patriarcales siembra lentamente la idea de validación del odio y la violencia. Una visión de vida sobre qué es correcto y qué no. Algo que luego se traduce en violencia visible. El último reporte del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBT+ en Argentina señala un alza de un 70% en los crímenes de odio contra la comunidad LGBTQI+, tras el gobierno de Milei. 


Lo que me lleva a la pregunta que a mi, particularmente, me duele más hoy: ¿cuántas madres y padres de personas LGBTIQ+ prefirieron hacer oídos sordos a lo que implican, en la práctica, estas políticas para la vida de sus hijes, y votaron por quienes atacan sus derechos?


¿Y cuántas dentro de la misma comunidad LGBTIQ+? ¿Cuántas personas no pudieron mirar más allá de sus privilegios –por clase, por raza, por acceso a educación, por vivir en determinados barrios o tener determinado pasaporte– y terminaron votando por proyectos que dañan directamente a quienes están más expuestxs dentro de la misma comunidad?


Porque no todas las vidas LGBTIQ+ corren el mismo riesgo. No es lo mismo ser una persona blanca, de clase media a alta, con redes y recursos, que ser pobre, trans, racializade, migrante. Y es precisamente esa intersección la que el voto de castigo, de miedo y de odio deja más desprotegida.


Las leyes, las políticas públicas, los presupuestos, las prioridades estatales no son abstracciones. Se encarnan en cuerpos concretos. Cuando se recortan derechos, se militarizan territorios, se criminaliza la protesta, se endurecen las políticas migratorias o se relativizan los discursos de odio, no todos los cuerpos se exponen al mismo peligro. 

Lo que duele es ver como el privilegio ciega la empatía.


Votar no es un acto neutro ni puramente emocional. Votar es optar y priorizar ciertas cosas sobre otras. Es decidir qué vidas se consideran sacrificables en nombre de la tranquilidad propia.


Un país en duelo no es solo un país triste; es un país que se enfrenta a la tarea de hacerse cargo de lo que decidió, de lo que permitió, de lo que dejó pasar.


Quizás el desafío ahora sea no anestesiar este duelo con cinismo o resignación. No normalizar que el miedo y el individualismo sean la brújula que ordena nuestras decisiones colectivas. Seguir preguntándonos, con incomodidad, con rabia, con ternura también, qué estamos priorizando cuando marcamos una línea en un papel.

Porque cada voto es una apuesta por un cierto tipo de mundo. 


Nuestra apuesta como Redpsicofem, lo que proponemos, es protegernos colectivamente y activar espacios de resistencia. Las redes feministas, queer, discas, lesbianas, trans, hoy, son más importantes que nunca. La salud mental será también una trinchera. No permitamos que este ataque a nuestra intimidad, cariño y colectividad nos desmoralice. La derrota siempre es breve, esperaremos movilizadas.


Nuestra apuesta también, como psicólogas y psicólogues feministas, es a trabajar las micropolíticas desde la salud mental para romper este hechizo y así luchar por una descolonización del inconsciente.





Referencias:


Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBT+. (2025). INFORME SEMESTRAL 2025. Federación Argentina LGBT+.

Rolnik, S. (2019). Esferas de la insurrección: Apuntes para descolonizar el inconsciente. Tinta Limón.


Comentarios


  • Facebook Basic Black
  • Twitter Basic Black
  • Negro del icono de Instagram
bottom of page