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Proyecto de duelo: arqueología de un desamor

Por Pao Díaz

"Hablo aquí de una experiencia traumática e intempestiva, que ha desencadenado como tal justamente porque las marcas que estaban allí de antaño, las huellas de todas las caídas anteriores y los derrumbes que no recuerdo, el peso de mi historia y mi género, se condensan en un momento que parece ser el más aterrador de todos, pero que no es más que el desgarro final de tantas otras lesiones previas que vienen de diversos lugares"

Elaborar el pasado siempre es un trabajo de memoria y reconstrucción, a partir de mi propia experiencia intenté reconstruir la historia de un duelo, apreciando cada desatino que abrió otra línea en el tiempo, sabiendo que hoy todo aquello muestra sus efectos y que las consecuencias de un desamor no se pueden lanzar al olvido. Recordar no es abrir archivos, sino que es un acto y una apuesta. Como sabemos desde el psicoanálisis nada está verdaderamente atomizado en el psiquismo, y a pesar del paso del tiempo podemos hacer el trabajo de historizar, pues de todo ha quedado huella en el psiquismo. En mi recuerdo, al principio esta historia se volvió un monumento para fugarme del dolor, pero con el paso del tiempo decantó en un proyecto de duelo.


Definir este proceso como algo lineal encierra una coherencia temporal que sólo se construye una vez que ha concluido un duelo, hablar de etapas del mismo o de tips para superar una ruptura es profanar un proceso que es íntimo y sin estructuras. Por eso se trata de un movimiento, el duelo en tránsito es más bien un conjunto de escenas que asaltan lo cotidiano y a veces se derraman en la memoria, son impulsos, acciones obsesivas y actos fallidos, en este sentido el tiempo del duelo es el presente en el pasado y futuro. Las nociones de tiempo y espacio se instalan progresivamente en este trabajo psíquico, el proceso en sí trata entonces de testimoniar la subsistencia de un mundo psíquico luego de un derrumbe subjetivo.


"El tiempo presente es el momento en que se opera ese movimiento de desplazamiento libidinal entre dos tiempos que sólo tienen existencia psíquica; un tiempo pasado y como tal perdido salvo en el recuerdo que guardamos de él, un tiempo por venir y como tal inexistente, salvo en la forma por la cual lo anticipamos." Piera Spairani (Auglanier)

En el momento de la ruptura todo está perdido, lanzado en un tiempo que no es, el trabajo de duelo se proyecta siempre sobre la virtualidad, duelar es sin guión, por eso no sólo proceso sino que proyecto en tanto es la ejecución de una valiente apuesta sin certeza. Cuando miramos la complejidad de una ruptura y nos salimos de las preguntas engañosas, habilitamos un duelo; ¿Cómo permití esto a esta persona? ¿No debería ya haberlo superado? ¿Vale la pena?. Cuando escapamos de esas preguntas las recetas para superar a quien se ama pierden todo sentido, pienso que plantearlo así como algo “a superar” es desconocer las complejas redes que entretejen nuestras relaciones amorosas, los diferentes puntos de partida para amar entre hombres y mujeres, las diferencias de género, el entramado familiar y emocional propio. Superar es hablar de la ausencia del otro como el espacio vacío que deja un libro en la biblioteca, es la lógica de un clavo que saca al otro, la posibilidad de reemplazar el vacío para no sentir la herida. La verdad es que no existe un duelo tipo, por más que nos gustaría tener el manual. Nos vemos tentados a entender el duelo como un proceso con inicio y fin, en esta lógica de hacer sin dejar cabos sueltos, cuando se trata mas bien de poder tolerar las preguntas que quedan sin responder.


Algo similar ocurre con ese imperativo a amar con libertad y sin ataduras, liberarse del amor romántico, mandatos que ignoran la subjetividad de cada unx y aparecen como un imperativo a no sufrir y a no depender. Y es que sabemos que el amor romántico es un mito, pero en la intimidad de la relación siguen apareciendo nuestros fantasmas más despreciables; el deseo de ser uno, el goce del romanticismo, la necesidad de protección y cuidados, entre tantas otras cosas. Creo que tenemos que pensar aquello no como demonios que nos hacen sufrir por alguien que lo vale o no lo vale, sino como puntos de partida que nos llevan a tomar el peso a una diferencia; partimos desde allí para construir lo propio y nuestro modo personal de duelar. De lo contrario, caemos en trampas como la del contacto cero, las recetas de duelo y los consejos de coaching, ahorrándonos con ello el trabajo emocional y negando así que uno mismo ya no existe para Otro. La negación de la pérdida hace callar la memoria y su ruido incómodo, trae la manía por lo nuevo y así el sujeto sobrevive sobre las capas de su propia sepultura, cuidando no pisar mal para no hundir los pies y encontrarse consigo mismo de nuevo, si nos forzamos a superar, nos ahorramos el malestar momentáneo. Cuando entendemos que el duelo amoroso se trata no sólo de perder a alguien sino sobre todo de saberse uno mismo borrado para el otro, no hay receta que sirva.


La ruptura/El derrumbe


El derrumbe por la ruptura de una relación no ocurre cuando creemos que ocurre, sino que ocurrió hace mucho antes, en nuestro primer tiempo, en nuestras primeras experiencias vinculares. En mi propia vivencia, este derrumbe secundario por una separación amorosa despertó angustias ya vivenciadas en un pasado, entender esto es esencial. Dicha experiencia de separación, de ruptura de un vínculo fundamental, tuvo lugar en mi como una irrupción violenta experimentada como un abandono. Cuando tuve la capacidad de pensar me pregunté en qué consisten estas experiencias, de dónde provienen y cuáles son sus coordenadas en mi historia. Así comencé un trabajo de relato sobre lo ocurrido, una forma propia de hacer el duelo, desde la historia propia hacia la colectiva, de ida y vuelta.


La primera sensación y más latente luego del término fue la de una pérdida parcial del sentido de la realidad; si aquello está o no ocurriendo, si no es un delirio o un juego perverso, o si un trozo de la realidad se ha borrado y no volverá a ser recuperado jamás. Las coordenadas cotidianas que orientan la percepción y la noción del tiempo tienden a difuminarse, aparece la sensación de una inercia mental, un estado de desconocimiento y separación de la realidad más inmediata. Todo lo próximo carece de sustancia; la consistencia de la realidad y los pequeños actos ordinarios para mantenerse sostenido a ella. Algunos objetos de la realidad se vuelven distantes, los vínculos más relevantes desaparecen en el horizonte de posibilidades, desinvestidx violentamente quedé suspendidx en un tiempo indefinido. Recuerdo haber experimentado la sensación de que mi propio cuerpo hubiera estado expuesto irreversiblemente a la gravedad, es la sensación de caer interminablemente, haber sido arrojadx a un vacío, agujero sin fondo del olvido.


Una caída así se le da sólo al desecho, resto indeseable que no tiene lugar en el mundo del otro. Esa sensación convive paralelamente con la de un cuerpo desmembrado, no existe correlato corporal para una agonía emocional tan intensa. La única manera de conectar esa vivencia con el cuerpo fue a través de un acto, una salida radical de la escena que involucró la anulación de mi mismx; un intento fallido de suicidio. Cada comprimido ingresó rápidamente al cuerpo a contra tiempo para prevenir la huida. Al mismo tiempo, los pensamientos en ráfaga y escenas fantaseadas en tono delirante, se van desvaneciendo con el paso de los segundos. No hay certezas sobre el cuerpo, no hay noción de espacio y tiempo, arrojado al vacío me suspendo en un lugar que no es. Imaginé su cuerpo y toqué el mío para asimilar que algo se estaba yendo, para integrar en última instancia que tal vez consumiéndome a mí mismx podría retornar al momento previo al vínculo y al nacimiento.


Muchas preguntas que quedan luego de algo tan radical y violento ¿Cómo alguien puede doler así? ¿Cómo le permití a alguien que tuviera ese poder? Esas preguntas nunca me llevaron a ningún sitio fértil. Hablo aquí de una experiencia traumática e intempestiva, que ha desencadenado como tal justamente porque las marcas que estaban allí de antaño, las huellas de todas las caídas anteriores y los derrumbes que no recuerdo, el peso de mi historia y mi género, se condensan en un momento que parece ser el más aterrador de todos, pero que no es más que el desgarro final de tantas otras lesiones previas que vienen de diversos lugares. Un momento así marca un acontecimiento que instala cierta temporalidad allí donde no había nada más que espacio vacío; entonces el momento de la ruptura es también donde algo nuevo empieza a andar.

"Sólo a partir de la no-existencia, la existencia puede comenzar." Donald Winnicott

Al hablar de derrumbe rescato las ideas del psicoanalista D. Winnicot, desde su propuesta entendemos por derrumbe a la experiencia mental y física de un vacío sin fin, creo que no hay nada mejor para describir lo que yo sentí. Esa experiencia sin embargo, pertenece a un pasado ya experienciado en una época primitiva del desarrollo. Cabe preguntarnos entonces, para cada unx, cuáles han sido esas caídas, esa falta de cuidados y sostén, esa ausencia sentida como vacío. Este derrumbe del que hablamos tiene su origen en territorio vincular, y trae consigo una serie de angustias y agonías que describen vivencias similares a un retorno a un estado de no-integración, todo aquello que nos ocurre en una ruptura traumática: la sensación de caer para siempre, la pérdida de la relación entre psique y soma, la pérdida del sentido de lo real, etc. Así entendido, el derrumbe no habla sólo de una caída de un ideal o una estructura, sino de experiencias que trascienden desde el tiempo primario al presente. Este derrumbe ya ha ocurrido en el pasado y su actualización es reflejo de angustias que yacían potencialmente en nosotrxs. Desde esta propuesta no hay receta para el duelo que sirva, de lo que se trata un proyecto de duelo es de descubrir lo propio en lo que se ha perdido, de aprender a perder y aceptar que hay algo irreductible de esa ausencia.


Cuando ese otro era un horizonte de subsistencia para el yo, la pérdida implica un derrumbe como el antes descrito, similar a una caída interminable; las partículas del yo se disipan en ese espacio psíquico y temporal, y su trayecto marca el camino de ida y vuelta al momento del derrumbe. Es por esto que el duelo es casi un trabajo de arqueología, en el psiquismo todos los fantasmas se conservan dejando pistas de su paso por nuestro mundo, la huella del otro podemos ubicarla claramente en algún lugar en nosotrxs. El espacio en el cual el yo fue expulsado, es el mismo sitio donde ha sido alojado por el otro como objeto de su amor. Ese sitio cálido donde creía vivir y del cual ha sido eyectado. Quien duela ha quedado así en el mundo de los espectros; entre vivo y muerto, orbitando en torno al amado, quien duela puede creer en las etapas del duelo y aún así seguir sufriendo. En realidad una ruptura traumática se trata de varias muertes simultáneas, la muerte del vínculo, del otro y de sí mismo; nada de esto será recuperado, y sin embargo un mundo continúa existiendo.


Tras un duelo amoroso el dolor del desgarro permanece pero la vida continúa, estar muerto vivo es como permanecer en el sueño, tenemos que habitar ese sueño y confiar en que la consistencia de la realidad irá surgiendo con el paso del tiempo. En esos momentos de retorno a la realidad la música me acompañó, me ayudó a hacer memoria, busqué poemas y canciones para encontrar palabras que hicieran sentido, no pude pensar ni escribir, mis sentidos aún estaban muy dolientes. Al no morir con el objeto lo que queda es la vida, como resto o como destino; vivir sabiendo que no existe espacio donde alojarse en ese otro, vivir un tiempo doloroso en espera de un porvenir, vivir habiendo asimilado la representación fantaseada de ese otro que era hogar, y que ese otro puede seguir existiendo en la memoria doliente, ahora lejos de mi. Ese espacio para alojarse se va construyendo en otros vínculos, en otros lugares posibles.


De la vida lo que queda es la posibilidad de construir la historia que no ha sido, queda un vacío que habrá que arropar para alojarlo en el hueco de la propia falta y extraer desde allí las palabras que se construyen sobre lo que fue perdido, en eso consiste el proyecto de duelo, en arriesgarse a sufrir por lo perdido, en duelar de un modo particular para seguir viviendo. Implica excavar en lo que ha sido demolido pero no del todo sepultado, es una posibilidad para continuar. Entonces son otras las preguntas y quizás sólo así haciendo un estudio casi arqueológico- se podrá iniciar un duelo como tal, debemos conocer cuál es el terreno que pisamos en términos de daño y trabajar sobre las ruinas. Entonces, a partir de lo que se halla esencialmente conservado en la memoria es posible hacer una construcción que tendrá sobre sí la verdad histórica traída desde lo reprimido. Nuestro esfuerzo tendrá que ir entonces en sentido anacrónico, hacía el futuro y el pasado, de ida y vuelta para situarse en el presente y desde allí recoger de las ruinas del desamor.


Escrito por:

Pao Díaz

Psicólga/Psicoanalistx, tiene 30 años, trabaja en consulta particular y en REDPSICOFEM, especialmente desde la clínica del trauma.



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